“Los hombres aprenden mientras enseñan.” Lucio Anneo Séneca.
Cuando niño era un alumno ejemplar. Me aprendía lo que mis maestros decían, sacaba puro 10 en los exámenes y tareas, terminé mi educación básica y media con honores y la gente aseguraba que sería un matado en la preparatoria y la universidad. Y la verdad es que estoy lejos de ser el éxito universitario de mi generación…
Recién entré a la prepa, descubrí que las ciencias exactas no eran lo mío. A pesar de que las comprendía y tenía buenas notas en Física y Química, mi mente siempre prefirió volar tratando de darle explicaciones a problemas más terrenales e impredecibles.
Lo mio siempre ha sido tratar de entender al hombre como figura central de nuestra vida en sociedad, tratar de comprender sus acciones individuales y colectivas, de pensar soluciones para la comunidad, de inventar mi propio “país ideal”.
El reto de estudiar una ciencia social, pasa obligatoriamente por una etapa de frustración y desencanto por el que todos los científicos sociales pasamos (o al menos eso creo yo) durante nuestra formación.
Pasando esa etapa, existen algunos que se refugian en el rigor del método científico y el encantamiento matemático y otros que se pasan del lado bohemio del empirismo social puramente descriptivo.
Algunos otros eclécticos, creemos en tomar lo mejor de ambos mundos siempre y cuando se consigan los resultados deseados. En política no estamos para ser puristas, metodológicos al extremo o cuadrados. La Ciencia Política se trata de dar resultados.
Y es en este mundo de la política y el gobierno en el que nos damos cuenta de que el método o programa que funciona en “A” no necesariamente funcionará en “B” y a veces tampoco funciona en “A” después de un determinado tiempo. Por más que existan métodos, estadísticas, manuales y procedimientos, las soluciones que requieren las ciudades, estados y países, pasan por procesos mucho más complejos que una simple cuantificación.
La ciencia política y las políticas públicas tienen mucho que ver con intuición. Uno no puede solucionar el problema del agua en Iztapalapa, por ejemplo, sentado desde la comodidad de un escritorio y sin conocer de primera mano el problema y la comunidad. Ese es el gran problema de los políticos actuales. Nos ofrecen soluciones tan irreales, poco funcionales y que, encima, nos cuestan millones de pesos.
Es por eso que, mientras más avanzo en mis estudios de Ciencia Política, más dudo sobre la efectividad real de lo que aprendo en las aulas. Por supuesto que agradezco mucho a la UNAM mi formación, lo mucho que he aprendido y la manera en la que algunos profesores me han educado aquellas cosas que no se aprenden en los libros.
Soy un ferreo defensor de la libertad educativa. Para mi, las universidades nos deben enseñar a pensar, a razonar, a ser personas críticas y a tener esa capacidad de resolver problemas y conflictos de la mejor manera posible al momento (eso, en un político, es oro puro). Sin embargo, en nuestro país esa manera de educar peligra. Se le enseña a los alumnos lo que “deben” de pensar, en lugar de dotarlos de herramientas para que ellos piensen e innoven por si mismos.
